domingo, 10 de noviembre de 2013

Pensamiento sobre el asco cotidiano

Me revuelve la sangre pensar en todos estos inescrupulosos de cerebros fríos, que con sus caras rojas ensucian las calles vomitadas, orinadas, pero sin embargo limpias, limpias... hasta su llegada, limpias porque les vomitan a ellos, y eso no es pecado, pecado son sus tentáculos belicosos, que clavan la piel palpitante y la silencian enterrando sus ventosas, dejando la carne moribunda, apagada, ensombrecida, PUTREFACTA, con las entrañas vaporosas, inundando con su hedor las narices, las narices de las gentes revoltosas, dejando un rastro de desgano, de palabra gris y desalmada, de mirada atiborrada de tristeza. No sé si es regocijo lo que siento, pero al saber que no soy la única que respira todo esto y que entre la misera, diez, cien, mil o un millón de pulmones se asquean de respirar toda esta mierda, la vergüenza de aquí vivir se me escapa un poco. En pocas palabras digo, que me alegra saber que no olvido que no olvido.

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