viernes, 17 de enero de 2014
miércoles, 15 de enero de 2014
Rayuela, Capítulo 93 – fragmento
"...Pero el amor, esa palabra... Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estas del otro lado, ahí donde me invitas a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo mas profundo de la posesión no estas en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura.. dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. Stop, ya está bien así. También puedo ser grosero, fijate. Pero fijate bien, porque no es gratuito.
¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como sise pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto. Pero estoy solo en mi pieza, caigo en artilugios de escriba, las perras negras se vengan como pueden, me mordisquean desde debajo de la mesa."
martes, 14 de enero de 2014
lunes, 13 de enero de 2014
knock knock
El último hombre sobre la tierra murió de un infarto en el sillón de su casa después de oír a alguien golpear a la puerta.
domingo, 12 de enero de 2014
En ese hermoso momento ...
La sangre se torna más densa,
como cargada de un extraño metal pesado
de un color que no es uno
sino que es un momento entero.
El momento previo a que las nubes
con sus hermosos diseños
que solo pueden ser obra de quién sabe quién
completen el cielo en su totalidad.
Cargándose más a cada instante
como lo hace mi sangre ahora mismo
y volviéndose más oscuras pero jamás negras.
Un metal frío, que brota cada cierto tiempo
y que solo ella puede diluir como es debido.
Aunque ella sea la que lo provoca todo, no con intención
-consciente-
claro está.
Pero de igual manera, mi amor.
Mi vida comienza a saturarse cada día más con estas paradojas
como esas nubes casi negras.
Y es casi divertido
como siempre se sabe cuando parar antes de que todo precipite.
La batalla por lograr comprender ese momento
al menos yo, la di por perdida.
sábado, 11 de enero de 2014
Jugueteo de artes
Nuestros artes son distintos,
radicalmente distintos:
combaten
se odian,
se complementan y se admiran
se aman, se fuerzan:
se violan.
Siempre he envidiado a aquellas que plasman
que sellan en un canvas a un otro
que en cierto sentido
capturan y comparten un trozo
de sus almas.
Sin embargo mi "arte" opera distinto,
de una forma menos concreta
más directa:
consentidamente invasivo.
Mas no puedo por ejemplo
sellar una vez y para siempre
lo hermoso de tus ojos
el brillo de tu pelo,
pero puedo facilmente
indicar cada parte
describir cada movimiento
de tu sonrisa
de tu mirada
de tus brazos
de tus piernas
de tus manos
en la brisa.
Puedo describir la seriedad de tu mirar
que de un segundo a otro
y por un leve instante
por un pestañeo
se vuelve traviesa:
inquieta.
Puedo, por ejemplo, desvestirte,
lentamente,
señalando como florecen tus hombros
y las cuencas bajo tu cuello
con cada desliz de tu blusa.
Puedo indicarte el contraste
entre tu mirada clara
con tu cabello chocolate.
Señalarte también la risa nerviosa
que brota de tus labios
colorados de rojo intenso
cuando llegamos al final de la tela
en ese momento donde la realidad
rosa con el verso,
ese momento donde tu mirada
se conjuga con la picardía
dejando de lado toda seriedad,
ese momento donde sobra la palabra
y el idioma cambia:
los cuerpos; la piel habla.
Puedo decirte, finalmente,
de quien depende mi "arte".
A diferencia del tuyo que habla
mediante los ojos de quienes miran el canvas,
de que tan dulces o violentos
hayan sido tus trazos, tus lineas
tus colores, tu mirada.
el mio depende en cada momento
a cada segundo
de nosotros dos
de como nos conectemos
de lo que imaginemos en conjunto.
A fin de cuentas de lo que depende mi "arte"
es de cuanto me permitas invadirte, imaginarte:
atraparte.
radicalmente distintos:
combaten
se odian,
se complementan y se admiran
se aman, se fuerzan:
se violan.
Siempre he envidiado a aquellas que plasman
que sellan en un canvas a un otro
que en cierto sentido
capturan y comparten un trozo
de sus almas.
Sin embargo mi "arte" opera distinto,
de una forma menos concreta
más directa:
consentidamente invasivo.
Mas no puedo por ejemplo
sellar una vez y para siempre
lo hermoso de tus ojos
el brillo de tu pelo,
pero puedo facilmente
indicar cada parte
describir cada movimiento
de tu sonrisa
de tu mirada
de tus brazos
de tus piernas
de tus manos
en la brisa.
Puedo describir la seriedad de tu mirar
que de un segundo a otro
y por un leve instante
por un pestañeo
se vuelve traviesa:
inquieta.
Puedo, por ejemplo, desvestirte,
lentamente,
señalando como florecen tus hombros
y las cuencas bajo tu cuello
con cada desliz de tu blusa.
Puedo indicarte el contraste
entre tu mirada clara
con tu cabello chocolate.
Señalarte también la risa nerviosa
que brota de tus labios
colorados de rojo intenso
cuando llegamos al final de la tela
en ese momento donde la realidad
rosa con el verso,
ese momento donde tu mirada
se conjuga con la picardía
dejando de lado toda seriedad,
ese momento donde sobra la palabra
y el idioma cambia:
los cuerpos; la piel habla.
Puedo decirte, finalmente,
de quien depende mi "arte".
A diferencia del tuyo que habla
mediante los ojos de quienes miran el canvas,
de que tan dulces o violentos
hayan sido tus trazos, tus lineas
tus colores, tu mirada.
el mio depende en cada momento
a cada segundo
de nosotros dos
de como nos conectemos
de lo que imaginemos en conjunto.
A fin de cuentas de lo que depende mi "arte"
es de cuanto me permitas invadirte, imaginarte:
atraparte.
R.K.
jueves, 9 de enero de 2014
Hombre de Nieve
Hace un tiempo, en las villas del Norte de Alemania, en las montañas, existió un hombre de nieve, pero no era cualquier hombre de nieve, sino que era el último hombre de nieve, toda su especie había empezado a derretirse por una extraña razón que desconocía, hace algunos años, cuando era un niño en la primera infancia, oh pobre hombre de nieve, solo allí en las heladas montañas. Este pobre hombre estaba solo, pero no quería estarlo y tenía miedo de seguir estando solo, completamente solo, quería bajar de las montañas para buscar alguien que quiera estar con él, para así ya no estar solo, pero los hombres de nieve no pueden nunca bajar de las montañas, porque su cuerpo es tan helado que congelan lo que tocan, y un día... el hombre de nieve bajo de las montañas porque no pudo aguantar estar solo, él no sabía que congelaba cosas, y cuando bajó, tocó un perro y lo convirtió en hielo entonces, preocupado pensó: "debe haber alguien que no se congele al tocarme" y viajó por el pueblo que estaba al pie de la montaña buscando a ese alguien, pero sin querer...en su camino congelaba más cosas, un hombre llamado Franz, una mujer llamada Bertha, un gato con un collar que decía “Allen”, todos convertidos en hielo por ser tocados por el hombre de nieve, que se tornaba cada vez más triste y melancólico, el hombre de nieve llegó a la casa del herrero de la villa, que decían tenía un extraño ser encerrado en su caldera, y al verlo le preguntó: "¿Tú que conoces las cosas más ardientes, hay alguna que pueda hacerme compañía sin tocarme y congelarse?" a lo que el herrero respondió: "Es muy probable que el espíritu de mi caldera pueda hacerte compañía hombre, pero es mi fuente de trabajo, no puedo entregártelo así como así, tienes que darme algo a cambio", el hombre de nieve no tenía nada, con suerte se tenía a sí mismo, así que no podía hacer el trato con el herrero, y empezó a marcharse, viendo la melancolía del hombre de nieve al retirarse, el herrero se sintió triste por su destino, y le dijo:" espera hombre, comprendo tu cruel pesar, así que te permitiré ver al espíritu de mi caldera, pero solo esta vez, ninguna más", entonces el herrero hizo unos pequeños símbolos en la caldera y con chispas centelleantes y con un rojo incandescente salió de la caldera un espíritu antropomórfico con forma de mujer, que miró al hombre de nieve y al herrero y dijo:" ¿Para qué me necesitáis señor?" el herrero le contó el destino de este hombre de nieve, y el espíritu se acercó a verlo más de cerca, vio su mirada melancólica, a pesar de su cara alegre por ver a alguien que podría soportar su tacto, y se compadeció de él, ya que entendía su triste destino, entonces le dio un fuerte abrazo al hombre de nieve, y en efecto, no se congelo, el hombre y el herrero se asombraron, pero en especial el hombre, se sintió extremadamente feliz, por fin había conocido alguien que no era congelado por su tacto, y en su mirada ese semblante triste y melancólico desapareció, solo por un instante, fue realmente feliz, solo por un instante, y solo por un instante, el calor que desprendía el espíritu no solo impedía congelarse, sino que derritió al hombre de nieve en un momento, y en la casa del herrero quedó una marca de agua en el suelo, que parecía semejarse al rostro de un hombre feliz.
" "pobre hombre de nieve, solo y triste allá en las montañas, viendo a la gente del pueblo caminando tomadas de la mano, oh pobre hombre de nieve, solo y triste en las montañas, congela todo lo que toca, el no puede sentir el cálido tacto de otro, oh pobre hombre de nieve, moriría por saber como es un cálido abrazo""
"
El invierno en el que maté a Andy Warhol.
La tarde en que te vi por última vez, sentí la soledad rondándome. Ese viento congelado que revoloteaba en aquella tarde de julio parecía encarnarla a la perfección. Recordé entonces aquellos días del invierno pasado, cuando el frió me daba el exquisito placer del sufrimiento. Yo vestía aquella polera con el autorretrato de Andy Warhol que tanto te gustaba. La mostraba a todo el mundo, aunque la lluvia hiciera temblar mis brazos, con esas gotas que eran como agujas, caídas directamente desde el cielo. Parecían enviadas por algún justiciero eterno, como el de esas fábulas religiosas que contabas siempre, pretendiendo evitar a toda costa que me enamorara de ti. A pesar de eso, siendo el amor tan sordo como ciego, era evidente que nada, ningún sufrimiento, me haría desistir de ese infranqueable deseo de estar contigo.
Yo sentía orgullo de sufrir si lograba demostrarte que te conocía mejor que nadie, o que podía disfrutar de tus gustos, por eso esa polera era mi estandarte. La lavé más que cualquier otra prenda; en algún momento creí que la usaría por el resto de mi vida, ingenuamente. Me encantaba la sonrisa que esbozabas cuando me veías llegar con ella, y me besabas. Tantos momentos, tantos sentimientos guardaba sólo un pedazo de tela gracias a ti. Ese poder que tenías, esa magia para hacerme alucinar con las cosas que me recordaran tus gestos, o tus palabras, me hacía entregar mi libertad voluntaria y orgullosamente, como si hubiera cometido el crimen de amarte. El peor crimen que pudiera haber cometido.
Ese día, en el que te vi por última vez, había sentido la soledad por primera vez a causa de tu ausencia. Antes tenía la seguridad de volver a encontrarnos, de volver a mostrarte mi polera y recibir la misma sonrisa como si fuera la primera vez, y besarnos. Ahora habías tomado ese tren maldito a Concepción, dejando como estela las palabras más amargas. Indirectamente, me pediste el odio y el olvido, me pediste odiar las gotas de lluvia, me pediste olvidar tu sonrisa. Incapaz yo de lograr el olvido, trate inconscientemente de odiarte, pero no pude hacerlo sin sonreír a la vez, recordando las últimas palabras que escuche de tu boca: “nunca te olvidaré”.
¿Cómo podría olvidarte, si tú misma me prometiste no hacerlo conmigo? Entregado al más cruel de los calvarios, atormentado por brisas de frio y soledad, y habiendo perdido la fantasía de tu imagen, la lluvia se fue convirtiendo en angustia, y el recuerdo de tu sonrisa en tortura. Ahora que me duelen todos tus recuerdos, quisiera matar la parte de mí que te conoció y que se envició; Quizás por eso, simbólicamente, ahora envuelvo en combustible la prenda que cuidé con tanto esmero, la que tanto amé. Duele, pero es la condena que merezco pagar por ir contra el destino. Al menos el fuego apaciguará el frío, ojalá la soledad.
E.
miércoles, 8 de enero de 2014
Tormenta
Desesperada en las manos del tiempo, me descubro, me veo, de la misma manera que temía (en algún momento) llegar a verme. Me siento frente a mi vida y, entre miradas, sé que lo que me molesta estará presente, presente por la eternidad, mientras no quiera olvidarlo. Y no lo olvido porque no lo consiento, no lo entiendo, no lo quiero entender; me cansa, me tiene con la vista perdida en el diluvio desesperado de mis sentimientos.
Y voy con rapidez, no avanzo, camino por el pasillo que da al centro de mis desdichas, y sigo viendo el mismo punto, desgraciado, oscurecido.
Escribo con mi sangre las palabras que no volveré a leer, corrompo con mis lágrimas las ideas que entrelazan el camino, las deshago, suprimo mi chance de volver atrás. Y sigo en el mismo lugar. No me digas nada, no me susurres que me quieres si no es cierto, no, no me hables. El lugar es lo bastantemente inestable para dejar que me nubles la vista, sin embargo lo haces, lo quieres hacer, no importa ya.
No tengo las respuestas de mi propia vida, no encuentro la salida de las dudas; quiero salir, quiero irme, cerrando las puertas de lo que sé y perderme en lo que sabré luego, ahogarme en mi ignorancia, cortar las venas de mi alma, desangrarme lenta y cadenciosamente…
Tus ojos iluminan lo poco que me queda, eres la intermitencia de mi vida, y te odio. Y entierro mis uñas en la palma de mi mano, pierdo el control porque no sé, no sé lo que eres, no percibo verdad en lo que oigo, no veo sentimientos en tu alma, lo que es absolutamente inaudito. Es posible que quieras hundirme, ¡y no logro leer tu mente! ¿Cómo esperas que me salve (si esperas que lo haga), dejándome fuera de ti, dejándome atrás?
Comprimida en mí, me limito a sonreír, pues estoy feliz, pero oscura dentro.
Estoy apagándome, muriendo, sigo esperándote y eso me mata más rápidamente. ¿Quieres, verdaderamente, que me salve? Pues ven y responde lo que no has dejado que entienda. Deshaz las amarras que alguna vez ataste a mi alrededor, derrumba la muralla que construimos juntos, para no tener contacto. Sé que hay algo mío, entre todo, que sigue vivo en tu mente... déjalo salir.
martes, 7 de enero de 2014
viernes, 3 de enero de 2014
Las palabras están de más.
¿Qué harías si quedásemos mudos? Si ya no pudiésemos hablar, si ya no pudieras decir "te quiero", ¿cómo harías para que aquellos a quienes amas, lo supieran?
De vez en cuando me gusta jugar a ser muda, mas que nada porque nunca he sido muy buena con las palabras, prefiero un beso, un abrazo, una sonrisa o una caricia, por sobre un simple "te quiero" o un "eres mi mejor amigo". Las palabras no son más que eso, palabras; se las lleva el viento y con el tiempo se olvidan, no duran más que un par de segundos y luego son solo un recuerdo. En cambio las caricias, los besos, las sonrisas, los abrazos pueden durar horas, días, una eternidad, el tiempo que uno desee en realidad. Cada una es distinta a la anterior y a la que le seguirá. El cuerpo es el lenguaje más hermoso que se ha inventado jamás, lenguaje que las palabras intentan imitar sin alcanzar el éxito. Las palabras solo son mensajeros disfrazados que intentan comunicar aquello que el cuerpo puede decir sin esfuerzo alguno.
Es por esto que te quiero proponer un trato, juguemos a ser mudos, regalemos más sonrisas, más besos, más abrazos, más caricias. Reemplacemos las palabras viciadas y alienadas debido al uso, por el bello lenguaje del cuerpo y al final te darás cuenta de que una vez que has logrado demostrar con hechos lo que sientes, las palabras están de más.
De vez en cuando me gusta jugar a ser muda, mas que nada porque nunca he sido muy buena con las palabras, prefiero un beso, un abrazo, una sonrisa o una caricia, por sobre un simple "te quiero" o un "eres mi mejor amigo". Las palabras no son más que eso, palabras; se las lleva el viento y con el tiempo se olvidan, no duran más que un par de segundos y luego son solo un recuerdo. En cambio las caricias, los besos, las sonrisas, los abrazos pueden durar horas, días, una eternidad, el tiempo que uno desee en realidad. Cada una es distinta a la anterior y a la que le seguirá. El cuerpo es el lenguaje más hermoso que se ha inventado jamás, lenguaje que las palabras intentan imitar sin alcanzar el éxito. Las palabras solo son mensajeros disfrazados que intentan comunicar aquello que el cuerpo puede decir sin esfuerzo alguno.
Es por esto que te quiero proponer un trato, juguemos a ser mudos, regalemos más sonrisas, más besos, más abrazos, más caricias. Reemplacemos las palabras viciadas y alienadas debido al uso, por el bello lenguaje del cuerpo y al final te darás cuenta de que una vez que has logrado demostrar con hechos lo que sientes, las palabras están de más.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)