jueves, 12 de diciembre de 2013

Horacio

¿Así es que comenzamos con belicosa poesía?
Bueno, pues, he aquí que yo también hago la mía.

Amiga mía,
me pregunto si nos conocemos,
o si acaso lo hicimos alguna vez.

En tu poético mundo de idílicos romances
puede que yo sea Horacio, y tu Lucía.
Tú siempre tan candorosa, y yo tan lóbrego,
pues tu siempre fuiste vida, y yo una elegía.

Porque, como un tirano que te atormentara,
mi amor fue despótico, y el tuyo un quejido
¡Ah! ¡pobre de quienquiera que me sufriera!.

Tú siempre gozabas de las pequeñeces de la vida,
mientras yo pensaba en el beta, el pi y el alfa.
¡Ah! ¡bendito fuera quienquiera que te tuviera!.

¿Para qué seguirte enumerando
lo que ya tan bien has descrito?
Tu eras el bien,
y yo el maldito.

Mi intención no es esa, ¡sí que no lo es!
Pues muy bien sabes, que así como tú,
yo también tengo una estructurada y confusa novela,
en la que aparece el famoso Horacio y la Lucía.

Tampoco es mi intención leerte nuestra historia
a modo de hacerte entender cuán errados están
tus personajes, y cuánta certeza guardan los míos.

Podría muy bien decirte que yo soy la verdad
y tu la mentira. Pero eso, ¿de qué aportaría?

Si tu verdad
es tomar elixir de hombre
para ser inmortal:
¡Allá tú!

Si mi verdad
es condenar toros a la muerte
y fingir mi independencia:
¡Acá yo!

¡Qué más da! Si al final,
la mentira se nos presentará en su momento
en forma de dolor, o de goce ausente.

Y así mismo como habrá llegado
en algún momento se habrá ido.
O bien quizás la vida continúe
sin que nunca lo hayamos sentido.

La única tristeza que me da,
es que hables tanta tontera
¡y claro que yo también lo hago!

Pues, al parecer
lo que siente un humano al tocar la piel de otro
no es más que el propio nervio siendo estimulado.

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