La tarde en que te vi por última vez, sentí la soledad rondándome. Ese viento congelado que revoloteaba en aquella tarde de julio parecía encarnarla a la perfección. Recordé entonces aquellos días del invierno pasado, cuando el frió me daba el exquisito placer del sufrimiento. Yo vestía aquella polera con el autorretrato de Andy Warhol que tanto te gustaba. La mostraba a todo el mundo, aunque la lluvia hiciera temblar mis brazos, con esas gotas que eran como agujas, caídas directamente desde el cielo. Parecían enviadas por algún justiciero eterno, como el de esas fábulas religiosas que contabas siempre, pretendiendo evitar a toda costa que me enamorara de ti. A pesar de eso, siendo el amor tan sordo como ciego, era evidente que nada, ningún sufrimiento, me haría desistir de ese infranqueable deseo de estar contigo.
Yo sentía orgullo de sufrir si lograba demostrarte que te conocía mejor que nadie, o que podía disfrutar de tus gustos, por eso esa polera era mi estandarte. La lavé más que cualquier otra prenda; en algún momento creí que la usaría por el resto de mi vida, ingenuamente. Me encantaba la sonrisa que esbozabas cuando me veías llegar con ella, y me besabas. Tantos momentos, tantos sentimientos guardaba sólo un pedazo de tela gracias a ti. Ese poder que tenías, esa magia para hacerme alucinar con las cosas que me recordaran tus gestos, o tus palabras, me hacía entregar mi libertad voluntaria y orgullosamente, como si hubiera cometido el crimen de amarte. El peor crimen que pudiera haber cometido.
Ese día, en el que te vi por última vez, había sentido la soledad por primera vez a causa de tu ausencia. Antes tenía la seguridad de volver a encontrarnos, de volver a mostrarte mi polera y recibir la misma sonrisa como si fuera la primera vez, y besarnos. Ahora habías tomado ese tren maldito a Concepción, dejando como estela las palabras más amargas. Indirectamente, me pediste el odio y el olvido, me pediste odiar las gotas de lluvia, me pediste olvidar tu sonrisa. Incapaz yo de lograr el olvido, trate inconscientemente de odiarte, pero no pude hacerlo sin sonreír a la vez, recordando las últimas palabras que escuche de tu boca: “nunca te olvidaré”.
¿Cómo podría olvidarte, si tú misma me prometiste no hacerlo conmigo? Entregado al más cruel de los calvarios, atormentado por brisas de frio y soledad, y habiendo perdido la fantasía de tu imagen, la lluvia se fue convirtiendo en angustia, y el recuerdo de tu sonrisa en tortura. Ahora que me duelen todos tus recuerdos, quisiera matar la parte de mí que te conoció y que se envició; Quizás por eso, simbólicamente, ahora envuelvo en combustible la prenda que cuidé con tanto esmero, la que tanto amé. Duele, pero es la condena que merezco pagar por ir contra el destino. Al menos el fuego apaciguará el frío, ojalá la soledad.
E.
No hay comentarios:
Publicar un comentario