“Desde su departamento una abuelita observa la vida sentada en un sillón. Sin duda, las callejuelas de Santiago contienen esa cultura picaresca que solo se aparece por las noches, como un viejo fantasma encarcelado por la rutina del mediodía, la que el chileno de oficina abandonó.
Abajo se observa un grupo de gente. La abuelita abre la ventana, pese al frio, para distinguir la dulce melodía de la música callejera. Ciclistas, abuelitos, fotógrafos, jóvenes, parejas, niños. Todos se sacan sus mascaras y comparten sus sonrisas esbeltas al son de la música.
La abuelita se pone los audífonos, los que guarda por el dia para no percibir el bullicio de las micros, de las bocinas, de la ciudad. Baja de su departamento para compartir la alegría que sale de las alcantarillas solo cuando el sol se esconde.
Pero cuando llegó a la calle ya no se escuchaba la dulce melodía, se veía una luz roja, un carabinero pasando una multa. La gente observaba indignada la situacion, pero como de costumbre, nadie hacia nada.”
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