jueves, 27 de marzo de 2014

El amanecer del Valhalla

Los gritos de las diosas de la muerte resuenan incesantes mientras la trompeta suena terrible e inevitable, sin embargo con sabor a amanecer, relatando que ha llegado el despertar de la gloria eterna para el caído en batalla, del triunfo final sobre la voluble y efímera existencia. Ángeles de alas negras caen mientras el sol cada vez alumbra más cerca del cadáver aún fresco, en un lugar donde ya no están sus camaradas en la cruenta guerra. La trompeta se ha vuelto amistosa y magnífica, el sol ha llegado a los pies del cadáver, y con él, el terrible resueno de que es el fin. El grito de las diosas de la muerte en guerra se desvanecen y retornan, desde adentro de él, con un halo de ser macabras, que provocan revolcarse en la oscuridad de la incertidumbre, como en una ola arremolinada. Pero luego el amanecer de la vida y gloria eterna resurge tranquila, como una marcha de ángeles, como una marcha de las valkirias, con los gritos ya amainados y el mar ya tranquilo y diáfano, que tras eso desaparece. El sol sigue ascendiendo y la muerte muestra su resplandor incandescente, cada rayo del sol se vuelve parte del ejército del fin, inevitable y lleno de luz.
A ratos la muerte relata su verdad tan cruda que suena a crueldad del destino, pero realmente en ella reside una paz potente y poderosa, en la que en su manto negro se refugian las criaturas inocentes y llenas de luz.
De la sangre del suelo ahora surgen nardos, de las heridas mortales, manantiales de agua eterna, del grito último de guerra, del estómago apretado y desesperado, la paz infinita. El valhalla se vislumbra.

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